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Una carta para la editora, por Ali S. Martínez

Ciudad de México, a 04 de junio de 2020 Para Pamela M. Editora en jefe de la editorial Libra Monterrey, Nuevo León Estimada Pamela   ¿Estimada? ¿Es esa la palabra correcta? Hace apenas unos días que comencé a hablar contigo y no sé si “estimada” es la palabra correcta para una persona a la que apenas conozco. Sin embargo, me he aventurado a utilizarla debido a que en tan poco tiempo me has dejado conocerte en gran manera. Me has hablado de tu infancia, de tu adolescencia, de tus amores y desamores, de tus batallas y tus glorias por todo el mundo. Desde California hasta Gran Bretaña y quizá, muy pronto, más allá. Si tú me has hablado de ti, entonces me parece justo el desenmascararme. La idea no me agrada, pero me lo has pedido como una tarea para tu taller de escritura “ahora quiero que escriban sobre ustedes, sobre su vida”. Y vaya que me has complicado las cosas, pero si hay algo que puede decirse de mí es que siempre cumplo con todas las tareas que se me asignan, bue...

HAY UN FUEGO, por Mauricio Ruiz

  A Rocío García Colín   El fuego muere poco a poco en el cielo, se extingue a la distancia, es un naranja intenso que se ahoga en la penumbra más allá del río, más allá del bosque del silencio. Todavía hay un azul en lo alto del cielo, es un bloque de cobalto profundo, frío, y que parece ir aplastando los pulmones de otro día más que se apaga. Los árboles de este lado del río están quietos, envueltos de un gabán negro, guardianes de un misterio que sólo revelan a aquellos que preguntan con el ojo. Los ruidos del crepúsculo despiertan, emergen de la tierra con sus alas invisibles y escapan de esa red delgada que sale disparada en un instante, un click de mi cámara. El río fluye. Lo oigo con sus voces susurradas, su canto profundo y místico, enfermo de nitrógeno, Mississippi River , avanzas como un tren líquido y sedoso hacia tu muerte en el Golfo.   Lo que no guardó la cámara esa tarde fue mi rostro, mi cuerpo. De pie a orillas del río observo las últimas llamarad...

Lo que nunca conté de Jaclyn Smith, por Lenin Pérez Pérez

  Qué van a saber de la vida si no la han repensado a las tres menos cuarto de la madrugada, con un frío de las mil perras y el recuerdo del almuerzo en el estómago. Yo, que de niño me rehusaba a conseguir la bendición, he mal aprendido a rezar cuando el terror a un intruso, a dos, o a una pandilla entera, llega a esta hora bajo el golpe seco que adivino echa abajo el único portón que no veo desde la altura de la garita. Ese punto de acceso que no alcanzo a mirar, aunque lo intente subido al balde donde meo la noche entera, por no abrir la reja que deja pasar el sereno y bajar a pisar mi propia sombra cuando dejo atrás las bombillas, y con su miedo se me adelanta. Dios Santo, que hiciste de tus ojos luz la vigilia permanente para cuidar a tus hijos, vela por mis despojos en vida también esta noche. Bien lo dijo la maestra Rosa María que acabaría de celador, y puso en mis manos un libro de Leo Buscaglia que fue el primero en acompañarme durante una noche oscurísima en la que, luego...

Unos labios rojos y una copa de clericot, por Alejandra Ojendi

Es domingo. Casi mediodía. El sol de abril penetra sin remordimiento por la ventana. Mi panza gruñe. Tengo sed. Mi boca desprende un desagradable olor a alcohol. Por lo menos logré dormir un rato de corrido. Con el mismo pensamiento que me fui a la cama, desperté. ¿Lo que pasó con Sofi fue realmente un accidente o fue algo que hice a propósito?   Lloró. No sé si por vergüenza y por el coraje o porque de algún modo descubrió esos sentimientos que a veces guardo hacia ella, los cuales tienen su origen en pensamientos que quisiera enterrar en lo más subterráneo de mi mente para que nunca vuelvan a salir. Lloró, aunque increíblemente las dos o tres lágrimas que soltó fueron incapaces de arruinar su maquillaje. Se contuvo para no decirme algo más, algo así como “no seas pendeja”. Celebrábamos mi cumpleaños y lo único que salió de su boca fue un “¡fíjate!”. No quiso arruinarme la fiesta. Lo mejor hubiera sido que me insultara y que me gritara. Así por lo menos se hubiera desq...

El espejo negro, por Carolina Herrera

La mesa está servida. Mamá se enfada porque Miranda y yo nos reímos como cómplices. Nos pregunta por qué la risa. —Es cosa de gemelos. —Le digo. Miranda siempre se levanta en la noche. Mamá dice que es sonámbula y que debo ayudarla a regresar a la cama. No sé qué hora es, pero me levanto para acostarla. Mañana tenemos que prepararnos temprano para ir a la escuela. Al día siguiente papá nos despierta con regaños porque no le gusta llegar tarde a su trabajo. Mi hermana y yo tenemos que estar listos a tiempo. Yo no batallo para levantarme y casi brinco de la cama, me apuro para ponerme el uniforme y cuando termino paso por la cama de mi hermana y le pego una patada al colchón mientras me río. Ella se levanta enojada. Poco después nos encontramos desayunando cereales de colores. Papá come como si estuviera en un concurso de comida de la feria de la ciudad, de esos en los que gana el que come mucho y rápido. Mamá nos da nuestras loncheras. Después papá nos lleva a la escuela y yo ...