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Las películas extranjeras, por Raúl Lemuz

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La zalea al sol, por Alejandro Reyes Juárez

Gotas de sangre caen sobre la tierra levantando pequeñas partículas de polvo. Otras, terminan decorando mis gastados zapatos. Es verano y la lluvia no se acuerda de este pueblo. Parece que las nubes pasaron entre la nopalera, por el camino de la barranca, y sólo un par de pequeños tirones de éstas son decoración en el azur del cielo. Es medio día de viernes y me convierto en ayudante de matancero. Es una jornada de más aprendizajes que todo ese primer año recién concluido en la escuela secundaria. Mi abuelo amarró las patas del borrego y lo tumbó sobre el suelo. Levantó su cabeza. Me pidió que colocara una cacerola bajo el cuello y lo degolló. La sangre cayó sobre el recipiente y esté se colmó; sentí su calidez escurriendo entre los dedos. El animal murió entre balidos en un breve tiempo. Llevé la sangre a la cocina para que Emilia la transformara en la comida de ese día. Eso de cultivarle frutos a la miseria era otro de sus poderes. — Dile a tu abuelo que te dé algo de menudencia

Una película sobre la nada, por Yader Velásquez

  Esa noche, después de dormir toda la tarde, me reuní con Álvaro y Gabriella en la casa de la Colonia Centroamérica. Gabriella había logrado descargar —después de varios días de búsqueda en sitios repletos de anuncios pornográficos y estafas— las dos películas que Carlsen había rodado a finales de los 70s. Dos cintas experimentales concebidas en pocos meses, dos ejercicios de fuerza y determinación llevados a cabo tiempo después de abandonar la escuela de cine. Ambas habían pasado desapercibidas, exhibidas apenas en un par de ocasiones en los círculos de realizadores independientes, profesores universitarios y activistas políticos con los que Carlsen se relacionaba. La primera se trataba de un extraño corto de no ficción, una especie de ensayo poético construido con material de archivo y largas tomas de los barrios bajos de Sarajevo, Tokio y Adís Abeba. Una serie de imágenes distorsionadas e intervenidas, un collage que reflexionaba sobre sí mismo, sobre la incapacidad del cine para r

Cuando decimos blanco no todos decimos lo mismo, por Luis Arce

A solas, mirando esa monumental pieza de mierda, Pineda pensó que su desprecio ante al arte contemporáneo estaba fundamentado, como si el destino hubiese puesto en su camino una forma perfecta, lisa, destinada a ser despreciada de manera inmediata y sin ningún tipo de arrepentimiento. Contemplaba un cuadro angustiantemente blanco, o, mejor dicho, blanco hasta la desesperación, blanco preciso, irrefutable, molesto, una pintura donde apenas podía distinguirse el signo de igual pintado en blanco sobre un fondo todavía más blanco. Nada más. Pineda miraba la pintura de pie, el brazo izquierdo doblado contra el pecho con la mano descansando suavemente sobre el antebrazo derecho, cuya mano era sostenida sobre la boca y la nariz, en un ademán que expresaba no sólo desconcierto sino también preocupación; la mirada con las pupilas bien dilatadas para permitir que la mayor cantidad de luz posible ingresase en los ojos de tal forma que Pineda pudiese alcanzar a distinguir los más mínimos detalles

El profeta, por Rox Urbiola

No hay apenas distancia entre mi dedo pulgar y el índice y, sin embargo, cabría entre ellos toda la esencia misma de la existencia. Así de vacua y pequeña es. En otro tiempo, creía que la exploración del sentido de la vida solamente acrecentaría mi asombro y reverencia por la gloria de Dios, pero a la sazón, lo he conocido y mi fe se encuentra considerablemente minada.          Estoy sentado a oscuras, como siempre. El sillón de piel y el escritorio, ambos herencia de mi abuelo, siguen siendo inequívocamente los mismos, pero todo me resulta extraño y ajeno. Busco con desesperación en su familiaridad algo que me devuelva alguna certeza. Reposo las manos enfrente de mí, abro y cierro los dedos sobre la madera pulida por el paso de los años, corroboro su suave textura, la tibieza del roble centenario. Como un velo, un girón de angustia se interpone entre el tacto y la realidad. Comienzo a tamborilear los dedos, escuchando el sonido hueco de la madera, igual que un náufrago desespera por e

Tras el lente, por Álvaro Gaete Escanilla

  En un fondo de estudio fotográfico, apegado al suelo y la pared, se ve en los pliegues, una foto de álbum familiar en escala de grises. Atrás, de pie, mientras ambas manos se encuentran en los hombros, con una leve pulsión de fuerza, sujetando al otro sobre la banca, Masahisa Fukase, en sus cuarenta, luciendo la musculatura de pectorales y sus brazos protectores. El cuerpo que está enfrente, sentado en una banca, tiene las costillas visiblemente expuestas, aunque los pantalones están tan arriba que cubren el ombligo y parte del abdomen. La intención, al parecer, era ocultar   fútilmente el paso del tiempo. Los brazos delgados, las pupilas temblorosas, negruzcas, perdidas, y los pocos cabellos que le dan algo de dignidad a su vejez, revueltos, curiosamente oscuros (el hijo, tiene ambas patillas decididamente blancas). Los brazos del padre apoyados sobre sus rodillas, no como un descanso, si no para mantener la postura. Siempre vuelvo a esta foto. Es imposible, creo, desligarla de

La morada inmortal, por José Pulido

No sé ya cómo es mi rostro. Sé, en cambio, que una vez al año me sacan durante varios días del sitio donde me tienen guardado y la gente acude a este convento para llorar y besar mis pies. Intuyo que mi cara debe estar agrietada o despostillada, al igual que algunas partes de mi cuerpo. Lo creo porque hace años no percibo, por ejemplo, la parte superior de mi dedo índice. Siento un terror perpetuo por esta oscuridad a la que estoy condenado. Mi cuerpo, el cuerpo de un niño de tres años, muestra signos de laceración. Pero sólo se trata de un simulacro, como la sangre que corre de manera perenne por mi frente, mi nuca, el costado de mis sienes y bajo mis párpados. Nunca he conocido el calor o el frío. Las monjas que me cuidan dicen que soy capaz de conceder milagros, pero yo sólo siento un abismo atravesándome. A veces despierta en mí el anhelo del habla. Escucho a la gente piadosa que viene a buscar consuelo, o las hermanas que elevan sus alabanzas, y se aviva dentro de mí el deseo