Ir al contenido principal

TRAMPAS DE LA MENTE, por Aurora Alvarado















TRAMPAS DE LA MENTE

Fue en un viaje hacia ninguna parte. Raúl y yo discutíamos. Algo apareció de pronto en la carretera y lo arrollamos con el coche. Creímos haberlo matado. Bajé del auto y cuando me acerqué, eso soltó un bufido inesperado y quiso engullirme completa.

Desperté ensordecida, con la boca seca y ese rostro en mi cabeza. Era el de la mujer que conocí meses atrás. La que un tiempo di por muerta.



NOTAS DE JAZZ

Cruzo la mirada con el hombre de la fiesta. No me quita la vista. Su mirada me penetra. Avienta un palillo que quita de su boca bruscamente. Me sigue.

Llego a casa, enciendo la vela. Se hace la luz en mi recámara. Comienzo a desvestirme. El hombre está ahí. Me mira por la ventana.

“Entra”, le digo. Lo hace. Se acerca y me toma del talle. Apaga la vela y nuestros labios sellan el inicio de la noche.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Ojos de pescado muerto, por Carolina Herrera

He vuelto a escribir y fue precisamente cuando te marchaste. Ahora no sé si llorar o agradecerte. No sé si eres un maldito o mi inspiración. ¿Qué eres exactamente? Porque yo nunca lo he tenido claro. ¿Cómo es que antes escribía cosas banales sobre el amor y luego, cuando te conocí, empecé a escribir tan profundo como el océano? ¿Qué tienes de especial? No creo que tengas nada de especial. De ordinario, todo. Te escribí “Alex, el tiempo, la distancia y yo” y me hizo sentir un poco muerta y malvada. Siento las palabras en mis dedos, las frases reptando por mis oídos para meterse y agujerear mi cráneo, cosa que no es fácil porque soy muy cabezota. Al principio bastante bazofia, pero luego un poco mejor. Entre más escribo, más recuerdo cuánto me gustaba. En la laptop o en un cuaderno, en las notas del celular cuando me veo fuera de casa, en un ticket por si acaso. Leo como loca unos poemarios que me prestó una amiga, o a Pizarnik, y leo en voz alta, dramatizando, entonando, volviendo...

Lo que nunca conté de Jaclyn Smith, por Lenin Pérez Pérez

  Qué van a saber de la vida si no la han repensado a las tres menos cuarto de la madrugada, con un frío de las mil perras y el recuerdo del almuerzo en el estómago. Yo, que de niño me rehusaba a conseguir la bendición, he mal aprendido a rezar cuando el terror a un intruso, a dos, o a una pandilla entera, llega a esta hora bajo el golpe seco que adivino echa abajo el único portón que no veo desde la altura de la garita. Ese punto de acceso que no alcanzo a mirar, aunque lo intente subido al balde donde meo la noche entera, por no abrir la reja que deja pasar el sereno y bajar a pisar mi propia sombra cuando dejo atrás las bombillas, y con su miedo se me adelanta. Dios Santo, que hiciste de tus ojos luz la vigilia permanente para cuidar a tus hijos, vela por mis despojos en vida también esta noche. Bien lo dijo la maestra Rosa María que acabaría de celador, y puso en mis manos un libro de Leo Buscaglia que fue el primero en acompañarme durante una noche oscurísima en la que, luego...

La zalea al sol, por Alejandro Reyes Juárez

Gotas de sangre caen sobre la tierra levantando pequeñas partículas de polvo. Otras, terminan decorando mis gastados zapatos. Es verano y la lluvia no se acuerda de este pueblo. Parece que las nubes pasaron entre la nopalera, por el camino de la barranca, y sólo un par de pequeños tirones de éstas son decoración en el azur del cielo. Es medio día de viernes y me convierto en ayudante de matancero. Es una jornada de más aprendizajes que todo ese primer año recién concluido en la escuela secundaria. Mi abuelo amarró las patas del borrego y lo tumbó sobre el suelo. Levantó su cabeza. Me pidió que colocara una cacerola bajo el cuello y lo degolló. La sangre cayó sobre el recipiente y esté se colmó; sentí su calidez escurriendo entre los dedos. El animal murió entre balidos en un breve tiempo. Llevé la sangre a la cocina para que Emilia la transformara en la comida de ese día. Eso de cultivarle frutos a la miseria era otro de sus poderes. — Dile a tu abuelo que te dé algo de menudencia ...